UN PREDICADOR DE LA ANTIGUA ESCUELA

Muchos predicadores hay que han abandonado las viejas ideas de la caída y completa ruina moral del hombre. Es muy raro oír, hoy día, que se advierta claramente a los hombres, de que son pecadores culpables delante del Dios Santo. Las predicaciones de nuestros antepasados, que insistían constantemente sobre estas verdades al dirigirse al auditorio, son consideradas, en general, como reliquias de siglos lejanos, de obras cuyo destino debería estar señalado en un museo de antigüedades.

Pero queda todavía un predicador de la escuela antigua, que habla hoy día tan alto y tan claramente como en el pasado. No es un predicador popular, atractivo, esto es cierto, pero no obstante, el mundo entero le sirve de tribuna. Viaja por toda la tierra y habla en todas las lenguas de debajo del Sol.

Visita a los pobres y no deja de pasar por la casa de los ricos, de los grandes; se le halla en los asilos de los indigentes y se pasea entre las clases más elevadas de la sociedad. Predica a los católicos y a los protestantes, a todos los que tienen una religión y a los que no la tienen, y cualquiera que sea su texto, la sustancia de su sermón no varía. Es elocuente; a menudo despierta los sentimientos que ningún otro predicador lograría despertar, y hace acudir las lágrimas a los ojos de aquellos que no tienen costumbre de llorar. Él se dirige a la inteligencia, a la conciencia y al corazón de su auditorio. Nadie ha podido refutar jamás sus argumentos. No existe una sola conciencia que, en un momento dado, no haya temblado en presencia de él; ni un solo corazón que haya permanecido del todo indiferente en presencia de sus poderosos llamamientos. Casi todo el mundo le detesta, pero él halla medio de hacerse oír de todos.

Él no es culto, ni político. Con frecuencia, hasta interrumpe los planes públicos, presentándose súbitamente en medio de los placeres de la vida privada. Se halla al acecho junto a las puertas del teatro y del salón de baile; su sombra cae alguna vez en la mesa de juego, y a menudo se halla en la concurrencia del café; frecuenta el almacén, el escritorio, el taller y la oficina; tiene pase en todas partes, de suerte que puede entrar en el aposento más retirado; se presenta a los hombres de Estado y en las congregaciones religiosas; ni la ciudad, ni el castillo, ni el palacio le detienen por su grandeza; no existe una pobre callejuela de la cual no se preocupe.

Este singular predicador, se llama LA MUERTE.

¿Quién no ha oído sermones de este viejo predicador?. Toda piedra sepulcral le sirve de púlpito. El diario le reserva un puesto en sus columnas. Todo pedazo de luto es un recuerdo de una de sus visitas. Con frecuencia, se ven los objetos del tema de este predicador soberano al ir y volver del cementerio. Sí, a menudo, se ha dirigido a Ud. personalmente. La partida inesperada de un vecino, la despedida solemne de un pariente querido, la pérdida de aquel amigo íntimo, el vacío terrible que el corazón de Ud. ha sentido cuando acaso su esposa amada le ha sido quitada a su afección, o que el niño que Ud. adoraba le fue quitado; todos estos sucesos son poderosos y solemnes llamamientos de parte del viejo predicador. Un día, tal vez presto, Ud. mismo le sirva de tema; en medio de su afligida familia y sobre su tumba hará oír su voz. ¡Que su corazón, querido lector, se vuelva a Dios ahora mismo, para darle gracias de que se halla Ud. todavía viviendo y de que no haya aún muerto en sus pecados!. - Juan 5:21.

Ud. puede desembarazarse de la Biblia; puede refutar todas sus historias a plena satisfacción; puede burlarse también de sus enseñanzas y menospreciar sus advertencias; puede igualmente rechazar al Salvador que ella proclama. Sí!. Puede llegar el momento, en que las ondas crecientes de incredulidad, inunden el mundo a tal grado, que sea difícil hallar una sola casa que posea este precioso volumen. Podrá Ud. evitar los predicadores del Evangelio, puesto que no se le fuerza a asistir a una reunión para oírles; si aún en su camino fuese anunciado el Evangelio al aire libre, Ud. puede evitar oírle desviándose de su dirección. Es Ud. libre de quemar este folleto, así como todos los demás que halle Ud. Y puede bien venir el día en que la incredulidad sea tal, que se tengan por criminales a todos los que quieran confesar a Cristo de palabra o por escrito.

Pero, si Ud. se deshace de la Palabra de Dios y de los siervos de Cristo, ¿qué hará del viejo predicador de quién le hablo?. ¿Conoce Ud. el medio de hacerle retroceder?. ¿Puede Ud. detenerle en el curso de sus viajes?. ¿Acaso, piensa Ud. que concluirá por sentirse influido de tal manera por el progreso científico, que cambiará del todo sus doctrinas y modo de ser?. Verdad es, que la mayoría de los predicadores de hoy en día, están más o menos influidos por el espíritu y opinión del siglo, pero éste, el predicador, ha seguido su curso durante casi seis mil años con una indiferencia profunda de los acontecimientos diversos y de las variadas opiniones del mundo entero. Todos los historiadores sagrados profanos, rinden el mismo testimonio respecto de él y toda la experiencia lo confirma, de suerte que no es razonable creer que cambie en su vejez.

Hombres y mujeres que, como yo, estáis a punto de morir, reflexionad sobre el porvenir que os espera. Su curso aquí terminará muy pronto. Sus placeres acabarán: dejarán Uds. sus ocupaciones, sus riquezas y honores perderán todo su valor, a la hora solemne en que sus cuerpos se vuelvan al polvo. Después de todo, precisa que mueran Uds. Les ruego piensen en esta realidad.

¿Quizás no existe motivo para ello?. ¿Sería el solo efecto de la casualidad, que un ser dotado de tan grande capacidad terminase de tan triste manera?. - No existe más que una sola respuesta a estas cuestiones; y entre tanto que el viejo predicador continuará sus viajes, no cesará de proclamarla. ¡¡Escúchenla Uds.!!. 'El pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte'. (Romanos 5:12).

Sí, estamos obligados a llegar a la conclusión de que algo anormal existe. No nos paramos a pensar en los mil cuatrocientos millones de sepulturas cavadas cada treinta años en nuestro planeta, en tanto que una generación tras otra desciende a las cárceles de la muerte, sin que seamos llevados a decir: Verdaderamente es necesario que en todo ocurra algo anormal; algo que vale bien la pena ocupe seriamente nuestra atención, antes que llegue la muerte.

LA CAÍDA DEL HOMBRE.

No es un simple dogma teológico, sino una horrible realidad de la cual la historia del mundo y los hechos tan tristes de nuestra experiencia dan un espantoso testimonio. El PECADO no es simplemente un vocablo vacío que se halla en la Biblia, o en boca de los que predican. Al contrario, es una realidad muy negra, que deshonra al mundo por su presencia. Además, no existen límites para el mal que él hace. “La muerte así pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron". (Rom. 5:12).

Ud. también se halla incluido en el vocablo “todos”. Existe una grande diferencia entre el mero espectador en un tribunal de justicia y el criminal cuya vida se halla en juego. La posición de este criminal es la de Ud., porque ha pecado; la sentencia de muerte ha sido pronunciada y pronto será dicho de Ud.: “Murió”. (Génesis 5:5).

¿Cuándo morirá Ud.?. No crea que sea ésta una cuestión absurda. Usted cuenta su dinero, calcula sus beneficios, sus dividendos; ¿no es de toda importancia contar sus días?. ¿Mas cómo podrá Ud. saberlo?. Busque en las estadísticas de las compañías de seguros sobre la vida; en ellas hallará la duración media de la vida humana. Una persona de su edad vivirá, pues, tantos años. Pero veamos por un momento: Término medio ¿verdad?, lo cual quiere decir que existen personas que viven más y otras mucho menos. Las hay que han muerto de repente, justamente a la edad de Ud. Es muy posible, ¿no es así?. Que muera pronto. Un joven visitó a un profesor de teología, preguntándole, cuánto tiempo antes de la muerte debía un hombre hallarse preparado para ella. ‘Cinco minutos aproximadamente’, le contestó el profesor. Aliviado el joven por esta respuesta, iba a partir dispuesto a disfrutar de la vida y entregarse a Dios al fin de sus días. ‘Atienda Ud.’ Le dijo el profesor: ‘¿Cuándo es que va Ud. a morir?’ – ‘No puedo decírselo’, respondió el interpelado. “Precisa, pues, que se prepare ahora mismo para la muerte; ¿quién puede asegurarle que le queden a Ud. más de cinco minutos de vida?”.

La reina Isabel murió exclamando: ‘Daría millones para vivir un momento más.’ ¿En qué estado morirá Ud.?. Napoleón primero, ya próximo a su fin, insistía para que le pusiesen las botas de montar. Quiso morir calzado como un soldado. Se nos contó también que hubo un grande eclesiástico que quiso morir con las vestiduras magníficas de su jerarquía religiosa. Y Ud., ¿cómo anhela morir?.

Fue dicho a personas muy respetables: “En vuestros pecados moriréis”. (Juan 8:24): cuan triste sería si esta sentencia se realizase para con Ud. Un segundo después de su muerte, poco importará que Ud. haya vivido en un palacio o en una cueva. Poco le importará ser enterrado con los honores nacionales o que su pobre cadáver se eche sin ceremonias en la fosa común. Pero su eternidad dependerá del estado en que Ud. muera. Si el pecado causa tales daños, y entraña con él consecuencias tan espantosas en este mundo, ¿qué resultará de él en el mundo venidero?. Los hombres siegan lo que siembran en este mundo, pero no es en esta vida que Dios ejecuta definitivamente el juicio contra los pecados. Después de la muerte el juicio. En este mundo puede Ud. evitar a Dios hasta cierto punto; muchos viven sin Dios en el mundo; pero la muerte rompe todas las ataduras con las cosas temporales por las cuales Dios pueda ser excluído, y más allá de la muerte Ud. será forzado a comparecer ante Dios. (2 Cor. 5:10).

En el momento de morir el coronel Charterís dijo: ‘¡Daría 750.000 pesetas si se me pudiese probar a mi plena satisfacción que no existe el infierno!’.’ Su conciencia despertaba en aquella hora solemne para proclamar que los pecados deben ir acompañados del juicio de Dios. ‘Allí donde le dejará la muerte, allí le tomará el juicio, y el resultado de éste será final y eterno. ¿En qué estado morirá Ud.?. El Espíritu Santo ha escrito un epitafio corto pero serio en Hebreos 10:28. ¡Haga Dios que jamás se aplique a mi lector!. Hélo aquí:

“MUERE SIN NINGUNA MISERICORDIA”

Un hombre inocente puede reclamar que le sea hecha justicia; pero, la única esperanza del pecador es la misericordia. El culpable puede escapar solamente por la puerta de la misericordia. Si el culpable no recibe la justa condenación por sus hechos, no puede ser de otra manera mas que sobre la base de la misericordia. El transgresor no puede ser perdonado mas que delante del propiciatorio; y aquel que tiene conciencia de su estado, solo puede exclamar:

‘Dios, sé propicio a mí, pecador’; siente que precisa la misericordia. ¡Oh, cuán triste, completa e irremediable será su ruina de Ud. si muere sin misericordia.!

Existe todavía otro corto, pero bendito epitafio, en la Epístola (carta) del Apóstol Pablo a los Hebreos 11:13; véalo Ud. En su Biblia:

“Conforme a la fe murieron todos éstos.”

Aún cuando estos de quienes aquí se habla hayan vivido en una dispensación comparativamente lejana, antigua; aunque ellos no hayan tenido un Salvador proveído por el amor divino, ni una obra redentora plenamente cumplida, como apoyo de sus almas, sin embargo, al crepúsculo de los tipos, de los símbolos y de las promesas, anduvieron en el camino de la fe. Camino que por nosotros es ahora iluminado por la gloria que brilla en la faz del Salvador sentado en el trono de Dios, y como ellos vivieron, así murieron “en la fe”.
Dios no ha sido indiferente en cuanto a la ruina de su criatura cuyo pecado ha traído la muerte. Es imposible negar el hecho de que “la paga del pecado es muerte”, y que “la dádiva (regalo) de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. (Rom. 6:23). “En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él”. (lª Juan 4: 9-10).

EL SANTO HIJO DE DIOS MURIÓ POR AMOR

A Ud. en la Cruz. Sí, Dios prueba el amor suyo en vez de nosotros, en que cuando aún éramos pecadores “Cristo murió por nosotros” (Rom. 5:8). Este viejo predicador, jamás ha hablado con tanta elocuencia y solemnidad, como cuando Jesús subió al Calvario. El amor divino quería bendecir al pecador, pero la Santidad divina no podía pasar ligeramente por encima del pecado. Toda la pena de la culpabilidad, las consecuencias del pecado, en toda su terrible realidad, cayeron sobre Cristo, el sustituto que jamás había pecado. Él tomó nuestro lugar en la muerte y bajo el juicio, a fin de que nosotros tuviésemos su vida y su posición de aceptación y de favor delante de Dios. ¡Oh, que los peñascos y las colinas rompan su eterno silencio en presencia de un tal amor, y que en dulce acorde, toda lengua humana proclame las alabanzas del Señor!. Posible es que Ud. muera sin ser salvado, pero jamás podrá Ud. morir sin haber sido amado. El Hijo de Dios es para Ud.; Cristo murió por Ud. El amor de Dios, la obra de Cristo, los llamamientos del Espíritu Santo, le instan a que abandonando el mundo y sus engaños, los cuales no conducen más que a la muerte, se vuelva al Hijo de Dios; he aquí sus benditas palabras las cuales confortan el alma: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me ha enviado, tiene vida eterna y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”. (Juan 5:24). La dulce voz del amor se mezcla a cada advertencia solemne del viejo predicador, añadiendo a ella esta misericordiosa y tierna cuestión: “¿POR QUÉ MORIRÁ UD.?. Verdad es que jamás podrá hallar Ud. nuevamente el jardín de Edén, ni alcanzar aquel árbol cuyo fruto daría la vida eterna en la tierra. Todo lo que se refiere a la primera creación arruinada ahora por el pecado, se pasa y desaparece, mas el amor de Dios ha revelado una escena más hermosa y gloriosa que la de Edén, o de la inocencia del hombre, a la cual entramos por la muerte de Jesús. Los goces del cielo, los placeres eternos de la casa del Padre y la gloria eterna en compañía del Hijo de Dios pueden venir a ser su parte.

Las bendiciones de los cristianos no son todas para el porvenir. Él es conducido a Dios ahora, y conoce a Dios como fuente de todas sus bendiciones, posee el Espíritu Santo; anda por el Espíritu en comunión con el Padre y con el Hijo, gustando así las delicias del cielo antes de llegar a él. La muerte no arroja sombra alguna sobre las bendiciones del creyente, pues éstas se hallan guardadas en Aquel que resucitó de los muertos, y están divinamente unidas a una escena en la cual la muerte no tiene entrada; el cristiano vive ya, en espíritu, más allá de la muerte; en una palabra, ha pasado de muerte a vida. (lª Juan 3:14).

Si se duerme - dejando este mundo - es para estar “ausente del cuerpo y presente al Señor”. La muerte no es una pérdida para un hijo de Dios, sino una ganancia infinita; la muerte le libra de la presencia del pecado y de un cuerpo que gime bajo la esclavitud de la corrupción; deja la carne para estar con Cristo, lo cual es mucho mejor. (Filipenses 1:23).

Y lo que es mejor aún, es que Jesús muy pronto tomará a todos los suyos consigo y a la voz de su mando, los muertos en Él resucitarán primero; luego nosotros que vivimos, los que aún moraremos en este cuerpo mortal cuando volverá, seremos transformados y arrebatados en la gloria, sin pasar por la muerte.

Vea Ud. Filipenses 3:20-21; 1ª Corintios 15:51; 1ª Tesalonicenses 4:13-17.

Cuando el apóstol Pablo visitó Tesalónica sirviendo al Señor, y de allí fue enviado con Silas a Berea, dijo de estos últimos: "Y fueron éstos más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras, para ver si estas cosas eran así”. (Hechos de los Apóstoles 17:11).

TRATADO DE PALMA DE MALLORCA Año 1933.